Vale la pena dedicarle unos minutos a un giro conceptual sobre lo que está protagonizando el viajero frecuente, el turista ocasional, el especialista que va a un congreso en el exterior o el propio sector turístico empresario. He aquí la opinión de Mario Riorda:

“El título de esta nota no es un nombre de ficción. Es el nombre de una política pública implementada por la ciudad de Copenhague vinculada con cambiar la concepción que se tiene en la gestión del turismo.

En el fondo, se plantea al turismo del futuro como algo integrado a toda la población. Como plantea Lucía Hernández desde la economía colaborativa, no pensándolo como una industria aislada y más aún, reconociendo que sus viejas estructuras de gestión centradas en áreas autónomas dedicadas a la promoción turística (que pensaban en un tipo de consumidor publicitando unidireccionalmente sus patrones de consumo) es algo del pasado. Y algo del pasado porque así no se concibe más al turismo, tanto como que, si este se desarrolla, termina afectando a todos.

Para escribir esto, confieso que he viajado. Es más, vivo viajando y pude correr en muchas ciudades y parques naturales de los cinco continentes. Y siempre asocié al turismo a un hecho recreativo hasta que tomé dimensión de que la actividad incluye el turismo de negocios, estudiantil o de formación y cualquier otra actividad que permita recibir a visitantes. Por lo tanto la idea de diversidad está asociada a la expansión y consolidación de la actividad. La diversidad es, ante todo, múltiples relaciones humanas interactuando constantemente. Y eso no sucede, aún en lugares donde el turismo es algo central.

2017 fue el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, declarado por la Organización de Naciones Unidas (ONU). Esto incluye una visión económica, social y medioambientalmente responsable. Cuando hablamos de irresponsabilidad, hablamos también de efectos no deseados del turismo. Muchas veces se trata del colapso por la cantidad de visitas que superan o ponen al límite la infraestructura existente. Problema que tienen muchas ciudades europeas, especialmente Venecia, Barcelona, Amsterdam, Brujas, sólo por citar algunos ejemplos.

Este colapso altera la identidad de lugar y las condiciones de vida con consumos que afectan al medio ambiente especialmente. Pero también a la prestación de servicios básicos como transporte o el precio de cosas tan básicas como alquileres o bienes inmuebles, tornándolos inaccesibles.

La ciudad de Panamá está teniendo una emigración del centro hacia periferias o ciudades dormitorios por los costos de vida. Y una de sus explicaciones es la promoción de una infraestructura edilicia que provocó emigración internacional de alto poder adquisitivo, sumado al encarecimiento de la renta que las distintas aplicaciones móviles están generando. Pero no es un problema excluyente de esa ciudad. También lo tienen Reykjavik, Singapur, Boston o Palma, por caso.

Es más bien una constante en estos tiempos digitales que han duplicado en muchos lugares a la capacidad de alojamiento de la ciudad, y hasta han cuadruplicado o directamente sacado del mercado a muchas plazas que antes se alquilaban a residentes locales.

Pero frente a estos problemas, muchas autoridades públicas -no todas- reaccionan tarde y los empresarios turísticos también. Tampoco reaccionan los residentes, creyendo que el turismo no los involucra si ellos no se dedican al rubro. En estos casos, no se fomenta la co-creación a través del intercambio de experiencias y puntos de vista de los visitantes. La acción digital lo permite y fomenta esto, pero está totalmente desaprovechada, más allá de los pedagógicos comentarios de Trip Advisor.

Para otros lugares, en cambio, el problema es la irresponsabilidad de la gestión de bienes naturales, sea descontrol o falta de control. Actualmente, la práctica de actividades recreativas y turísticas en ámbitos naturales está en un auge creciente. Diferentes tendencias mundiales evidencian que en los últimos años existe un aumento sostenido en la demanda de visitantes interesados en espacios naturales con fines contemplativos y de actividades en contacto con la naturaleza, como señala José Fernando Vera Rebollo. Pero no siempre las características de elección de un lugar son únicas ni equiparables.

Cercanía y accesibilidad, seguridad, infraestructura, receptividad social, paisajes, equipamiento y servicios, opciones de consumo, clima y meteorología, popularidad y valores asociados al lugar, costo económico, son sólo algunos de los elementos que se consideran para elegir un destino.

No todos ellos forman parte de políticas públicas integradas. Y ahí radica el problema de no concebir integralmente al turismo. En algunos lugares porque el turismo colapsa, como vimos. Pero también es igual de importante considerar que en otros contextos, precisamente lo que sucede es lo contrario, la falta de desarrollo turístico y las promesas electorales que siempre lo ponen en potencial. Cuando no que suceda una merma o deterioro del desarrollo tenido en otros tiempos, sea porque los lugares no han logrado adaptarse, reconvertirse o transformarse a nuevas realidades y demandas o a hechos que los hayan afectado.

Por ello, debemos pensar cuál es la experiencia que sentimos tras volver de un lugar donde nos sentimos estafados con precios exorbitantes. O cómo volvemos de dónde nos robaron o nos trataron mal. O dónde tenés que hacer largas filas para todo, empezando por ir al baño o por comer. O donde la oferta es siempre la misma, cargada de monotonía. O donde no hay alternativas de ningún tipo, salvo alguna atracción principal.

Nueva Zelanda es un caso fenomenal. El país entero está plagado de campings o glampings (campings de lujo o glamorosos). Por ende, todo el turismo está centrado en que los turistas viajen, se desplacen y no permanezcan en una única ciudad. Para ello, las carreteras están en perfecto estado. Para ello las señalizaciones son muchas, claras y simples. Para ello, todos los parques naturales son gratuitos. Para ello, hay sanitarios en todos lados (sí, en cualquier parador en la ruta, o entrada a parques), increíblemente limpios en todos los casos. Para ello el grueso del turismo es estimulado a hacer actividades saludables al aire libre, en pleno contacto natural, donde descuellan los trails para senderismo con todo tipo de grados y dificultades que van desde los 200 metros para una panorámica, a circuitos de cinco días de alta dificultad.

Muchos destinos están en plena transformación. Nueva York redirige turismo desde Manhattan a Queens, el Bronx, Brooklyn y Staten Island a través de la iniciativa “Barrio x Barrio”. Muchas de las principales ciudades receptivas del mundo ya restringen el tiempo mínimo para alquiler temporario de casas o departamentos.

Medellín logró pacificar ciertas zonas de la ciudad, en especial orientando esa política a los residentes con grandes obras que otrora eran destinadas a zonas centrales y empezaron a ser realidad en los peores barrios de la ciudad, lo que también terminó afectando significativa y positivamente al turismo y convirtiendo a muchos recorridos en zonas virtuosas para el desarrollo, con alta visibilidad cultural. 

Así como El Chaltén, la villa patagónica, aprovecha la majestuosidad de sus paisajes para convertirse en la “Capital Nacional del Trekking”, Neuquén también se dispuso a convertir a su propio territorio en la “Capital Nacional del Senderismo Urbano”, con una red de circuitos pedestres en las bardas y el río. Y ello conlleva también a una política pública saludable contra el sedentarismo de sus residentes, así como un mejor aprovechamiento de sus espacios públicos.

El turismo que conocemos no siempre nos involucra, ni como visitantes ni como residentes. El turismo que conocemos no siempre es gestionado con visión de futuro, ni co-creando diálogos ni oportunidades para hacer confluir múltiples políticas públicas. El turismo que conocemos suele requerir que nos imaginemos un nuevo Walt Disney o una playa en cada pueblo o ciudad -y ello ni es posible ni es necesario-.

El turismo que no conocemos no piensa siempre en movimientos masivos. El turismo que no conocemos aprovecha la realidad de cada contexto, la protege, la diversifica. El turismo que no conocemos es responsable. El turismo que no conocemos hay que pensarlo. El turismo que no conocemos hay que pensarlo de manera urgente”. 


Fuente: http://colsecornoticias.com.ar